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Opinión
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Máximo Pérez Tejera

Los dueños de Los Melindros

  • La Casona, hoy convertida en "Casa Los Melindros" referente el turismo rural

Cae la tarde en "Los Melindros". El sol convertido en un balón de naranjas y amarillos se marcha poco a poco perdiéndose en el increíble Suroeste fuencalentero, mientras se oculta detrás de un mar de añiles y violetas en un horizonte de nubes encendidas, dibuja con reflejos rojizos y verdosos un perfecto arco iris crepuscular. A nuestra izquierda el cercano Roque de Teneguía, repleto de secretos ancestrales, es espejo para las últimas luces que realzan su figura pareciendo escapar de la cárcel del negro circundante. A su abrigo, rompiendo la hondonada de pámpano y arena, como un vestigio de un pasado no muy lejano se encuentra "La Casona". En las lonjas de esta casa, excepcional para la zona en la que se ubica, se almacenaba el malvasía y otros productos que su propietario comercializaba en falúas por las próximas costas de Punta Larga y Las Caletas.

Con un vaso en la mano con el divino producto de estas viñas, ponemos fin a un día maravilloso y damos comienzo a una noche inolvidable, larga, llena de sorpresas y revividora de recuerdos y añoranzas.

La Casona, hoy convertida en "Casa Los Melindros" referente palmero en el turismo rural, hemos vivido un sueño, un simpático sueño preparado por la enérgica Lourdes, Lurdes para nosotros, que tuvo la estimable idea de invitarnos a un fin de semana especial.

Conocía la casa. La conocí antes de su primera restauración que la hizo célebre dentro del sector, la conocí después del desgraciado incendio que sufrió hace unos años y la visité varias veces cuando Cristóbal y Lurdes se embarcaron en la difícil tarea de su restauración.

Nuestros amigos, además de contar desde niños con nuestra amistad, cuentan ahora con nuestra admiración por su fortaleza, su fuerza y su energía, por su capacidad para luchar contra la adversidad, por su tesón, su capacidad de trabajo, su meticulosidad, su respeto por el patrimonio, por su exigencia por los detalles auténticos y por lograr que los visitantes que vuelven a "los Melindros" no encuentren diferencias sustanciales en esta insuperable restauración.

Lurdes es la energía personificada, polifacética y capaz. Lo mismo decora con un gusto envidiable, que elabora los encajes de sus colchas y cortinas, que mima sus melindros eternamente en magnífica policromía, que saca del horno de su cocina variedades inigualables de pastelones con los que sorprende a propios y extraños.

Cristóbal es más apacible, más sereno. Alguien le ha comparado con el José Antonio Buendía del Macondo de Gabo, no por la necesidad de atarlo a un castaño, por cierto vive junto a uno precioso, sino por su capacidad para reinventar lo inventado y construirlo con sus propias manos. Si buscamos un ejemplo de un autodidacta con ese factor G al que nada se le resiste, él sería ese ejemplo. Maestro de profesión y técnico en rtv, carpintero, mecánico, chapista, restaurador y agricultor de afición, es de esas personas que con su ritmo tranquilo, nunca encontrará un espacio para el aburrimiento.

Para mí este amigo siempre es un referente en su visión del mundo, en su ansia por conocer y experimentar, gran aficionado a la pesca submarina que nos animó a conocer los más recónditos lugares de nuestras costas. En mi mente siempre permanece un recuerdo de uno de ellos. Se trata de Bujarén en época de arena a la derecha de la bajada al puerto de Santo Domingo en Garafía. Una vez descendido el acantilado y pasado el túnel natural horadado por los embates del mar del Norte, se llega a un entorno donde sólo estás tú, un enorme acantilado a tu espalda, una franja de lajas y arena y un mar limpio y de infinito azul, aquel día salpicado por pequeños rizos blancos movidos por una suave brisa. Tendidos de espaldas después de la pesca y probablemente de un bocata de sardinas, surgieron dos comentarios: ¡Qué sitio tan bonito! Y él ¡Y pensar que nosotros nos marchamos y esto quedará aquí eternamente!

Después silencio, pero ese día mi amigo había reinventado a Juan Ramón Jiménez.

Claro que nos iremos, Bujarén seguirá siendo Bujarén y se quedarán los pájaros cantando. Nos iremos y el cielo será azul y plácido y quizá toquen las campanas de algún campanario.

Si queridos amigos, nos iremos y que sea lo más tarde posible, pero las mochilas que irónicamente nos recomendabas para ir a la Caldera que ponían por fuera "patatoes otodates" están lo suficientemente llenas de luchas, superaciones y satisfacciones que podrán decir que ha valido la pena.

Gracias por la fiesta, gracias por la estancia, gracias por la alegría, por lo espléndido de las mesas, y sobre todo, gracias por vuestra amistad.

¡Qué tengan la casa siempre llena de los que quieren vivir un sueño como el que nos han regalado!

Un fuerte abrazo a los dos y de los dos.

 

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