
Siempre se ha hablado de la importancia que tienen los insectos para nuestros ecosistemas como polinizadores, como controladores de muchas de nuestras plagas o como base de muchas cadenas tróficas. También hemos comentado su lado oscuro no solo como vectores de enfermedades o portadores de infecciones, sino también como azotes de nuestras cosechas, alimentos y mobiliario.
Pero pocas veces lo abordamos como fuente nutricia, y la verdad es que son muchas las culturas que utilizan los insectos -en alguna etapa de su desarrollo- como alimento. Así, con el permiso de nuestro maestro en gastronomía, D. José Mauro, podemos decir que del análisis químico del cuerpo de los insectos se desprende que éste tiene la misma composición que los animales superiores, aunque está claro que por nuestra educación ni se nos ocurriría comer una langosta terrestre (saltamontes) que se alimenta de hierba fresca y en cambio sí nos comemos una langosta marina de hábitos carroñeros, aunque, como ya se sabe, todo es cuestión de gustos. En otros tiempos había tantas objeciones a comer cerdo como hoy a comer insectos. Por culpa de nuestra animadversión -que la gente debería abandonar para poder progresar-, muchas veces dejamos de lado alimentos sanos porque no somos capaces de olvidarnos de prejuicios ancestrales.
Hay múltiples ejemplos de consumo de insectos en distintas culturas. En la Biblia, Moisés anima al pueblo de Israel a comer insectos. En África los nativos recogen ingentes cantidades de moscas y mosquitos que amasan con harinas y luego degluten con fruición. Igualmente, Herodoto describe cómo los nasamones muelen los saltamontes y hacen tortitas con ellos; y cómo muchos pueblos de hotentotes se alegran al encontrar langostas -consideradas como un regalo divino- a pesar de que todo el territorio queda arrasado por ellas; las ven como proteínas a las que inmediatamente les quitan las alas y patas guisándolas durante media hora; luego se comen el cuerpo frito con sal y pimienta, convirtiéndose así en un bocado realmente sabroso. También Aristóteles cuenta que los griegos más cultos -al igual que los indios americanos y los nativos australianos- apreciaban las pupas de cigarra como un alimento exquisito. Los sibaritas de la Roma Imperial eran muy refinados y selectos con su comida y consideraban como un manjar de dioses las larvas de escarabajos cerambícidos (insecto que se come la madera de nuestros árboles). Este mismo procedimiento se lleva a cabo hoy en día en lugares como la India y Sudamérica, donde se cultivan larvas de picudos de palmeras y longicornios que luego cosechan y degustan bien tostadas. Otro ejemplo lo tenemos en el gusano de la harina que las mujeres turcas comían en grandes cantidades para adquirir formas opulentas al gusto de sus maridos. Los chinos, tan pragmáticos ellos, comen -una vez extraída la seda de los capullos- las crisálidas de los gusanos de seda que fríen en mantequilla, añaden yema de huevo y lo condimentan con sal, pimienta y vinagre, conservando en salmuera los excedentes. Llevando a rajatabla la máxima de "si tú te comes mi comida yo te como a ti".
En definitiva, cuando han escaseado los vertebrados domésticos o salvajes, los humanos, tan oportunistas siempre, hacemos nuestras dietas altamente insectívoras. Cómo podemos pensar que tantas culturas y civilizaciones no tienen razón en el consumo de insectos, cuando todos coinciden en decir que son saludables y sabrosos. Evidentemente somos minorías dentro de la generalidad.
En la actualidad, estos animales están siendo intensamente investigados ya que en el futuro pueden ser una fuente importante de alimento para una humanidad creciente y parcialmente desnutrida. Según estudios, la carne de ganado doméstico presenta entre un 25 y 50% de proteínas, mientras que en los insectos asciende hasta el 75% y es más asimilable. Además, el rendimiento de los invertebrados en la conversión de vegetales a proteína animal es cinco veces mayor que el de los bóvidos.
Son continuos los guiños que hacemos hacia esta posibilidad gastronómica, aunque rara vez delatamos la procedencia, como hace unos días en el certamen Madrid Fusión 2010, donde el maestro Arzak ha presentado un postre ganador que entre los ingredientes llevaba hemolinfa de cochinilla de tunera.
Nuestros prejuicios hacia un alimento hacen que lo excluyamos de los hábitos alimenticios, porque se considera que es inadmisible socialmente, pero, señores, abrámonos a nuevas sensaciones y sentimientos.
juanramon
Estimados compañeros, señores comentaristas y lectores en general, estoy de acuerdo con Felo en que debemos abrirnos a nuevas experiencias siempre y cuando no afecten gravemente a nuestra salud, otros seres o el medio ambiente en su conjunto.
Pienso que debemos rescatar tradiciones del pasado, con las que la gente sobrevivía en “nuestra isla” e incorporar experiencias de otros rincones del planeta y que podemos aplicar aquí. Un ejemplo podría ser la ruta gastronómica a base de insectos, pero no podemos enfocar nuestros hábitos alimenticios únicamente a ella porque pondríamos en grave peligro a muchos de los cada vez más escasos insectos. Luego tendríamos que hacer un artículo similar al que se escribió anteriormente en este blog sobre las setas y su recolección indiscriminada.
Además opino que hemos de estar abiertos a un amplio abanico gastronómico y formas de vida alternativas, y no sólo a lo que nos ha enseñado “nuestra cultura” y vida en sociedad. Hacer una mirada retrospectiva y pensar como vivían los antiguos habitantes de La Tierra, cuáles eran sus necesidades básicas y qué les podría hacer sentirse felices. Con esto no pretendo decir que vayamos a vivir tal y como vivían ellos. El tiempo ha avanzado, nuestro entorno se ha modificado y muchos de los recursos naturales han mermado o han sido sustituidos por otros.
La visita a otros países o el hablar con sus gentes puede ayudarnos a redescubrir las propiedades de muchas plantas que hoy simplemente consideramos ornamentales o no le sacamos todo el partido que podríamos. Eso sí, debemos informarnos bien de la forma en que se preparan (algunas contienen toxinas termolábiles) o qué elementos son comestibles pues pueden existir partes comestibles y venenosas en una misma planta.
Cito como ejemplo las pencas de tunera y brotes tiernos de chayotera que son cocinados y consumidos en Centroamérica o el arilo del fruto del tejo Taxus baccata cuya semilla es tóxica.
rgarcia
Siempre he procurado que mis sensaciones y sentimientos vayan dirigidas hacia un consumo racional de todos nuestros recursos (con la máxima de que aunque yo los pueda pagar quizás la isla o el ecosistema no) y cuando estos están en precario, mi propuesta será siempre conservacionista. Pero ya sabes estamos en una sociedad demasiado tradicionalista y le cuesta abrirse a nuevas experiencias. Pero no cabe duda que ahí hay futuro. Aunque me cuesta ver a mi gente tratándose una necrosis aguda con larvas de moscas (Biocirugía). Sí, lástima nuestro descalabro entomológico conejero; buena estancia por Lanzarote.
PedroLuis
Amigo Felo, veo a la gente un poco retaraida hacia tu "cocina entomológica". No pretendo hacerte cambiar de opinión, faltaría más, pero yo tu lo pensaría dos veces antes de abrir el restaurante... al menos no eliminaría de la carta el pescado fresco y la carne de cochino... Tu verás, pero no podrás negar que te lo advertimos.
En fin, no se si habrá fallado también el modo de lanzarte de forma tan violenta al mundo del libre comercio, cuando hasta ahora tus sensaciones y sentimientos, más que al consumo, iban dirigidas hacia la conservación. Un abrazo con humor.
P.D. Me voy cuatro días para Timanfaya, donde -por cierto- repudiamos en una ocasión su menú entomológico. En esta ocasión haré exlusivamente dieta vegetariana: líquenes, para ser más preciso.
OctavioFL
Entonces, ¿pa cuándo la paella de saltamontes en El Remo -que no del Remo-?
Yo también prefiero la receta tradicional de PedroLuis... claro que hace una temporada ni se me pasaba por la cabeza probar el sushi... ups!
rgarcia
Amigos, es más frecuente el consumo de insectos de lo que piensan, probablemente lo han hecho y ni se han dado cuenta, pues utilizamos estratos de cutícula, venenos, hemolinfas y variadas sustancias químicas extraídas de ellos, que luego aplicamos en cosmética, medicina, farmacología. Pero ya se sabe “ojos que no ven…”. Así que buen provecho. Je, je.
jacarrillo
Querido Felo: la lectura de este último artículo tuyo me deja sensaciones encontradas. Algo así como una mezcla de sorpresa, regocijo y cierta repugnancia (no puedo negarlo). Hay que reconocer que todos somos presa de condicionantes éticos, morales, religiosos y hasta económicos, muchos de ellos injustificados, como posiblemente ocurra en el caso que comentas. En fin, creo que lo de mandarme escarabajos lo dejaré para mi próxima reencarnación. Además, después de leer "La metamorfosis", de Kafka, confieso que ya no los he vuelto a mirar de la misma forma.
PedroLuis
Amigo Felo, como dicen (decimos) los niños: ¡empezaste tú!
Ahora resulta, que después de castigarnos sistemáticamente (y taxonómicamente, también) por el simple hecho de mirar con “curiosidad antrópica” los bichitos del Señor, a los que nos presentabas como hijos de Moisés (para no mentar el nombre de Dios en vano), no se te ocurre otra cosa mejor que invitarnos a comer una paella de saltamontes en El Remo (ave María purísima, en qué estaría yo pensando) o a disfrutar de un salmorejo de lagartos gigantes de El Hierro, frente al incomparable marco de los Roques de Salmor…
Bien dice la tradición que “no hay mejor cuña que la del mismo palo”… o que “no hay mejor anticlerical que el renegado”
No pensaba yo que en mi próxima visita a La Palma, en vez de ir a “El Pulpo” de Los Cancajos, me voy a quedar en la “Casa-Felo” (Avenida Marítima), para degustar la sabrosa cocina entomológica, especialidad de la casa. Perdón por la publicidad subliminal.
Si, si, si… valiosa y completa colección entomológica de la isla de La Palma… y utilizas para su conservación, en vez de cloroformo, aceite de oliva virgen… y “pal sartén”… Desde luego me parece increíble.
Enhorabuena amigo, y gracias por la “lección cultural”. Tienes razón, pero el mago, siempre será mago: me sigue gustando más el plato de gofio escaldado de D. Anelio, con un trocito de carne cochino…un vasito (u dos) de vino tinto y, de postre, una tacita de bienmesabe… la hemolinfa de cochinilla, que la tome Arzak.
niquiomo
Felo, Felo, tanto bicho y bicho te trae por el buen camino. Los estudias, destripas, mides, pesas, dibujas, comparas, texturizas, fotografías ampliados cien veces, clasificas, acomodas sus cadáveres, les inventas nombres que solo entienden los romanos antiguos y ahora vas y te los quieres comer.... ¿ y si pudieras hacer los mismo con los de dos patas?, todo es broma.
Fijate que no muy lejos, en andalucía, por ejemplo, además de los caracoles de arodriguez, se comen los pájaros fritos (algunos pájaros, claro, no los loros o los capirotes) o los huevos del toro (creadillas, las llaman), o los sesos de cabrito en tortilla o rebozados. Más al norte gusanos blancos del mar, que dicen angulas y a los japoneses se les cae la baba; claro que si nos ponemos muy quisquillosos con esto de lo que comemos, solo hay que recordar aquello de "A falta de pan, buenas son tortas"
arodriguez
Felo, ¿alguna vez has comido cucarachas? (me refiero a los dátiles rellenos de queso fundido). Es broma.
Ahora en serio: sabes que los hábitos alimenticios cambian según el hábitat, el clima y la tradición. La costumbre nos condiciona, claro. Por ejemplo, a mucha gente le sorprende que comamos caracoles del mismo modo que a nosotros nos sorprende que en algunos lugares se coma lagartos; en ciertas zonas costeras de América se desechan frutos del mar que aquí son apreciadísimos; muchos foráneos engruñan el gesto cuando ven el gofio escaldado (y, sin embargo, cuánto nos gusta, ¿verdad?), etc., etc.