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La cantina del Circo

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27 de agosto de 2010 a las 00:19 GMT |
Los hermanos Arrocha, Cantinflas, Tarzán y los demás

El amigo Felo García Becerra, con un artículo publicado aquí mismo hace pocos días, de golpe me ha traído -me ha regalado- el eco de una sucesión de recuerdos que por sí solos definen el palmerismo (déjenme usar el palabro, aunque sólo sea por una vez y para provocar una sonrisa de confabulación). Durante el período de mi infancia, infinito entonces y muy corto si se repasa desde esta altura de la madurez o comoquiera que se llame el tiempo en que cobra peso la experiencia, nuestra ciudad era pequeña, me cachis, tanto como ahora, y por eso en ella cualquier lugar valía para la ceremonia del encuentro, fuera cual fuese su motivo y su fin. Quizá porque aún influían, y mucho, los hábitos psicosociales de La Palma decimonónica, arrullada entre la ensoñación de la grandeza perdida y el liberalismo post-ilustrado y romántico, había necesidad de encontrarse casi a todas horas, en casa, en la calle, en el muelle, en la playa, en la escuela, en la iglesia, en la plaza, en el solar de al lado, en el bar, en el campo de fútbol, en la cancha de baloncesto, en el cine. A cielo descubierto o bajo techo, aquellos espacios se abrían de par en par respondiendo con creces a unas irresistibles ansias de evasión y redención de la gente, literalmente atrapada en el punto más remoto de aquel gran islote que era la España del Generalísimo. Todos conocíamos las limitaciones del islote y del Generalísimo ceceante, conocíamos las estrecheces de una economía de medio pelo y hasta conocíamos las derivas mentales y espirituales de los censores omnipresentes, pero no sabíamos cómo explicarlo con el debido fundamento (bien es verdad que en ningún momento nos prepararon para eso). Y, claro, no saber explicar una cosa, por simplona que parezca, es casi peor que no conocerla, así que nos resignábamos a vivir en una inopia comúnmente aceptada como fermento de la mezcla del destino nacional y el catecismo de los domingos.

Sin embargo, a pesar de los pesares, había momentos en que podía romperse el cascarón más allá de las fronteras físicas y morales sobre las que pontificaba, por ejemplo, la incansable voz en off del No-Do. Llamémoslos momentos de libertad total. Precisamente sobrevenían en el mismo contexto público del No-Do: para ser más exactos, después del No-Do, cuando sobre la pantalla del cine aparecía Miguel Strogoff cruzando la estepa rusa en un technicolor desvaído, el gran Johnny Weismuller clamando con el único grito imaginable para Tarzán, los Hermanos Marx haciendo diabluras, Ulises embrujado por el canto de las sirenas, Cantinflas cantando corazón de melón, de melón, melón, melón... Cómo no iba a haber libertad en aquellos trances de penumbra y fulgor en que por fin el mundo, el largo y ancho mundo, de pronto era nuestro, de cada uno de nosotros en particular y al mismo tiempo de todos por igual. Sí, tras la ficción del No-Do, con la película de turno venía a nosotros la realidad en todo su esplendor para volvernos cómplices portadores de un bien común en forma de sortilegio contra miedos e infamias. Porque el cine era la vida, con uve mayúscula de victoria, y la gente se aferraba a su encanto como a una esperanza de tiempos mejores.

Aunque hoy suene a cuento chino, en aquella era sin mando a distancia y sin google disponíamos de tres cines, tres: el Circo de Marte, el Avenida y el Parque de Recreo. Mi favorito, y el de casi todos los convecinos de la zona de San Telmo y San Sebastián, era el Circo, donde por cierto también se celebraban bailes de carnaval, funciones de teatro y de zarzuela, conciertos de música clásica y de pop-rock, festivales infantiles, riñas de gallos, conferencias y recitales poéticos. En cada descanso acudíamos corriendo a la cantina para pedir un vaso de agua milagrosa o unos caramelos de goma mientras los adultos fumaban y bebían con el mismo aire desenfadado de John Waine en un saloon del lejano oeste. Allí, tras la barra, se alzaban imponentes los hermanos Arrocha, Gerineldo y Galaor, reputados maestros en el arte de la taxidermia, ¡casi nada! (para nosotros, lectores de tebeos del Capitán Trueno, su trabajo más bien tenía que ver con un don legendario, tan fascinante como el de los alquimistas o los zahoríes). Y en medio de la barahúnda estaban, hieráticos aunque entrañables, aquellos bichos del trópico, aquellas aves de diferentes tamaños y plumajes, aquellas tortugas relucientes, aquella cabra de dos cabezas, aquella liebre gigantesca, aquel pez luna...

Hagamos memoria, señores: una cantina llena de humo, ruido de vasos y pesetas sueltas sobre el mármol del alto mostrador, y en medio, escuchando con atención sobre sus respectivas peanas de madera, varios animales disecados con mirada de ciego. Como en el rincón más lírico de Macondo. No me digan que no parece un decorado perfecto para una película de Jorge Negrete. Una película de argumento tragicómico y personaje colectivo al que le cuesta ceñirse al guión. Una película con mucho diálogo y mucho claroscuro que todavía, después de tantos años de cambios y tanto subidón de nuevos ricos homologados con la UE, nos deja perplejos y nos obliga a preguntarnos cuánto había de fantasioso o de real en nuestras vidas expectantes y si acaso no seríamos, sin darnos cuenta, personajes de alguna novela por entregas.

 

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12 comentarios
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atanausu
atanausu

¡Qué bien! ¡Qué maravilla! Me has hecho recordar mi
dos años de 6º y Preuniversitario en "La
Ciudad" y, por supuesto, me alegró muchísimo ver
el renovado Circo de Marte después de tantos años
perdidos porque yo también iba ahí cuando podía, ya que
vivía en Pérez Volcán, a un paso.

Publicado el 28 de septiembre de 2010 a las 14:16 GMT
rvalcarcel
rvalcarcel

Querido Anelio:
Tu hermosa reflexión sobre el circo de nuestra
infancia, el cine, los caramelos de goma... Me ha hecho
recordar las raíces, la infancia, ¡Qué recuerdos tan
apasionantes! ¡Qué recuerdos tan fantásticos!
Por algo Juan Gelmán define la infancia como nuestro
hogar, como nuestra manera de ver el mundo, de hablar
con él.
Un abrazo apretado.

Publicado el 20 de septiembre de 2010 a las 18:04 GMT
Turre
Turre

Muy bonito D. Anelio. Me contaba un amigo mayor que
entiende... de eso, que los bailes de la época eran la
unica oportunidad que tenian para salir un cachito del
armario, aunque siempre con peligro. Menos mal que las
cosas han cambiado, aunque sigue habiendo nucho
homófobo. Tambén me habló de unos meneos detras de la
barra que no me atrevo a contar, aunque eso fue antes
de su época. Por cierto, algun día nos va a escribir
sobre la grua del muelle?

Publicado el 01 de septiembre de 2010 a las 13:41 GMT
arodriguez
arodriguez

Amigo Dosdemayo, gracias por apuntarnos estos nombres.
Cada uno recuerda muchas historias, todas ellas
interesantes.
Del Cine Avenida poco puedo contar (lo cerraron cuando
yo era un niño, y mis experiencias de cinéfilo son un
tanto posteriores). Del Parque de Recreo sí podría
hablar largo y tendido: allí vi muchas películas que me
marcaron. Recuerdo que en los descansos, cuando aún era
un mocoso, solía encontrarme a tío Quico (el pintor
Francisco Concepción), que fumaba un rato de su
cachimba y que me daba siempre unas monedas para alguna
golosina. Tío Quico era un gran aficionado al cine,
igual que mi abuelo Pancho.

Publicado el 01 de septiembre de 2010 a las 00:20 GMT
DOSDEMAYO
DOSDEMAYO

Hola Anelio. Buenas noches.
Me permito recordarte mas personas del antiguo Circo de
Marte:
D.Otilio, en la taquilla. A Franco y a D. Segismundo
en la puerta. A Don Everto padre de los gemelos,
personaje del cual puedes conseguir cientos de
endiabladas anécdotas.
Omites también que en la Dehesa existió otro cine de D.
Ernesto Díaz.
Por último, ¿seguirás con el Cine Avenida y Parque de
Recreo?
Gracias

Publicado el 31 de agosto de 2010 a las 23:49 GMT
JuanCapote
JuanCapote

Magnifico Anelio. Te estábamos echando de menos, aunque
es compresible (y creo que beneficioso) un periodo de
“descompresión”. Al Circo no hay que hacerle un
monumento porque sería una redundancia. Los galardones
se los dan gente como tú cuando escribe y recrea parte
de aquellas historias, ocurridas en un recinto lleno
del sugerente sabor a lo prohibido

Publicado el 30 de agosto de 2010 a las 13:58 GMT
spica
spica

También te faltó en el relato, que durante la no
utilización de cine o teatro, allí acudíamos mas de uno
a jugar a las 41 (un juego de la época) en los
distintos billares que estos Sres. disponían. Siempre
atentos a las acusadoras miradas de los mayores que no
tardaban en trasladar el pecado a nuestros padres, para
la posterior condena. Que tiempos aquellos donde una de
las golferías mas grandes que se hacían eran jugar al
billar sin edad para ello. Mas o menos como hoy, el
abortar para una muchacha de hasta catorce años, puesto
que como creo entender, estas lumbreras que nos
dirigen, ya consideran absolutamente legal esa edad y
sin comunicárselo a sus padres. No se porque, pero para
mis nietas, cuanto desearía el volver a instalar un
sinfín de aquellos malvados billares y juegos vil.

Publicado el 28 de agosto de 2010 a las 14:48 GMT
arodriguez
arodriguez

Algún amigo ya me ha recriminado en la calle -que no
por este conducto electrónico- no haber mencionado a
otros personajes habituales en el Circo de Marte, como
Nazario en la puerta, o Dakar en la cabina de
proyección, o Savá -¿Sabá?- en el patio de butacas. Por
cierto, aún recuerdo la cara de sorpresa y respeto con
que Nazario escuchó, en su puesto de la entrada, la
explicación de mi padre cuando me acompañó a ver El
gran dictador, de Chaplin, creo que el primer bombazo
que se proyectaba aquí después de la muerte del
Generalísimo (por supuesto El gran dictador siempre
había estado prohibida en España). "El chico no
tiene la edad mínima permitida, pero soy su padre y me
gustaría que viera esta película conmigo", le dijo.
Y Nazario le respondió, grave, que por su parte no
había ningún problema y que pasáramos. Y luego entre
risas descubrimos a un Charlot parlante y a un dictador
ladrador. Pero esa es otra historia.

Publicado el 28 de agosto de 2010 a las 11:20 GMT
jacarrillo
jacarrillo

Querido Anelio: la lectura de esta tierna y conmovedora
evocación infantil me ha dejado un agradabilísimo sabor
en los labios. Uno, que conoció los coletazos de
aquellos viejos tiempos y del propio cine del Circo de
Marte, que afortunadamente ha vuelto a la vida, con v
de victoria, tras un silencio excesivo y vergonzante,
agradece estos destellos nostálgicos. Sobre todo, en
noches como ésta, en que la luna parece lucir una
extraña sonrisa con brillos rojiblancos. Gracias.

Publicado el 28 de agosto de 2010 a las 00:36 GMT
Atilaelhunico
Atilaelhunico

Vino bien el receso. Se recargaron las pilas! Muchos
y muy buenos recuerdos me ha dejado esta hábil pluma.

"¡Ah, si el mundo fuera siempre una tarde
perfumada, yo lo elevaría al cielo en el cáliz de mi
alma!"

Publicado el 27 de agosto de 2010 a las 21:42 GMT
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